Muñeca

Tenía apenas cinco años cuando ocurrió la primera vez. Era el menor en una familia que no esperaba precisamente con entusiasmo mi llegada, desde el principio fue difícil encajar porque mis hermanos ya tenían sus propias dinámicas de convivencia, y yo parecía más una disrupción que una adición a esa armonía que habían construido.

El primer recuerdo claro de mi infancia no es uno de alegría o inocencia, sino uno de inmenso vacío. Recuerdo estar bajo un árbol enorme, en medio de un campo, sabiendo que a lo lejos mi madre horneaba pan en la casa de una de sus amigas, en una manera de apaciguar las tormentas que, ahora sé; la perseguían, ya que hacía menos de un año que había perdido a mi hermano mayor en un trágico accidente.

Y mientras ella luchaba con su propios demonios, yo estaba por quedar atrapado en los míos. Estaba ahí, solo, esperando y contemplando el cielo. De pronto, junto a mí estaba un primo, unos nueve años mayor. Me hablaba de cosas que, en mi corta edad, no podía ni debía comprender. Lo que sucedió después cambió todo, me hizo pasar lo que ningún niño debería experimentar de ninguna manera, pero no conforme con ello, cuando terminó, me dijo que si yo hablaba con alguien de lo que había pasado, mi madre dejaría de quererme y mi padre, a quien siempre le tuve mucho miedo, me haría pedazos y castigaría severamente a mi madre. No había opción. El miedo me silenció.

Avergonzado, le conté a mi madre unos días después que algo no estaba bien. Me llevó al médico, esperando respuestas, pero lo único que recibimos fue un juicio que nunca debió haber sido pronunciado. Fui señalado como un pervertido, como si todo lo que había sucedido fuera un castigo autoimpuesto y como si no fuera un niño, pero el médico (cristiano, por cierto) nunca hizo encender las alarmas a mi madre de que alguien me había lastimado. Ella, envuelta en su reciente dolor y en su fervor religioso, optó por las oraciones en lugar de hacer preguntas. Y yo, teniendo escasas habilidades de comunicación, dejé que la historia se enterrara más profundamente y que nunca se volviera a hablar de ello.

A partir de ese momento, la culpa se volvió una compañera silenciosa. Los años siguientes fueron una repetición de lo mismo: el abuso, el ciclo del miedo, el silencio y la sensación constante de inmundicia. Sabía que algo estaba mal, pero sabía también que si lo contaba, nadie me creería, porque lo seguí permitiendo por muchos años. Cargar ese peso me hacía sentir responsable, aunque ya hoy sé, que no lo era.

Ya en la adolescencia, finalmente pude entender lo que estaba sucediendo. Esa comprensión trajo consigo una tormenta de emociones y sensaciones que no sabía cómo procesar, mi cuerpo también reaccionaba de formas que no podía controlar porque ya no era un niño y finalmente el despertar sexual solo incrementó mi culpa.

De alguna manera, al entrar a la secundaria encontré refugio en una amiga. Ella no sabía lo que me pasaba, pero cuando conoció mi vulnerabilidad de ser relegado por los demás por ser introvertido y «rarito», decidió permanecer conmigo y enseñar a defenderme, no solo físicamente, sino también con palabras. Me recordó que, aunque no pudiera dar un golpe, las palabras también tenían poder. Esa amistad me ayudó a mantenerme firme en un mundo que durante mucho tiempo me pareció extraño y hostil. Sin embargo, cuando mi familia decidió mudarse, dejar atrás a esa única amiga, fue como arrancar una parte de mí.

Aunque eso dolió en el alma por muchos años, mudarse a otra ciudad me proporcionó cierto alivio, dejar todo lo que me ataba a esa realidad era doloroso, pero también era necesario. Inicié una nueva vida, lejos de la sombra del abuso físico, sexual y del acoso escolar, pero también de la única amiga que había conocido hasta entonces.

Con el tiempo la vida me llevó a nuevos lugares dónde mi diferencia ya no era una carga sino una fuente de identidad, encontré lugares donde ser yo mismo no era motivo de burla, dónde lo que me hacía distinto se celebraba en lugar de reprimirse. Y aún así, las huellas que había dejado esa herida en mi ser, fueron tergiversando la manera en la que me relacionaba con los demás, cualquier indicio de posible daño, me hacía desconfiar y levantar una barrera para que nadie volviera a lastimarme.

Más tarde, cuando iba en la universidad, conocí a la persona con la que tuve una relación sexual por primera vez, la primera consensuada. Tras varios intentos planeados y fallidos por varios meses, finalmente le dije lo que pasaba y sin dar tantos detalles, le hice saber que aunque las cosas que pasaron cuando era niño no me afectaron «tanto», yo no era una persona que demostrara sus sentimientos a través del contacto físico porque me generaba cierto tipo de repulsión. Y aunque fue algo que me hice creer por muchos años, en el fondo todo lo que quería era un abrazo…

Y es que a veces idealizamos tanto a las personas con la esperanza de que ellos sean la respuesta a los vacíos que aun no resolvemos, pero nadie es tan perfecto para suplir todo el amor que nos debemos, ni tan ideal para sanar los traumas irresolutos. Así que después de un tiempo de tratar y de no poder ser la persona que Él necesitaba, terminó por dejar de acompañarme.

Muchos años después, cuando volví a ver a mi primo en el funeral de mi padre, yo ya no era el niño que estaba indefenso debajo de ese árbol, ahora era un adulto que cuando lo perdió todo, también perdió el miedo. Aunque estaba atravesando el dolor de despedir a mi padre, todavía me quedaban fuerzas para decirle todo lo que por años había planeado. Sin embargo el dolor era tan profundo que no pude articular muchas palabras, solo le pedí que se fuera, que no necesitaba sus condolencias y que por ningún motivo se volviera a acercar a mí.

Quizá en ese momento nadie entendió mi actitud porque nunca antes hablé de eso, tal vez no pude demostrarle que ya no era ese niño vulnerable que lastimó y que ahora podía hacerlo pedazos si así lo quería. Sin embargo, aunque sentía el coraje dentro de mí, de alguna manera también me sentí complice y culpable por no hablar todos esos años, pensé que de haber hablado, hubiera evitado que le hiciera el mismo daño a otras personas.

Aceptar ese error y reconocer la amargura que esos sentimientos habían provocado por años, fue el inicio de un largo camino hacia la sanación…

Y así de pronto un buen día pude abrazar a ese niño y darle las gracias por haber tratado de cuidarme, le dije que ya podía estar tranquilo porque nunca más volvería a estar solo y que ya no había porqué sentir culpa de las cosas que nunca estuvieron bajo su control, le pedí perdón por las veces que permití que borraran de su rostro la sonrisa. Y por último le dije que lo único malo de jugar con muñecas, era hacerlo a escondidas.

Yo también tengo una muñeca vestida de azul. Y sí, hablo por quienes aún no tienen voz, pero también hablo por mí. He aprendido que, aunque no puedo elegir mis recuerdos ni el dolor que me acompaña, sí puedo decidir cuánto permito que invadan cada aspecto de mi vida. En todo este camino, también he descubierto que puedo crear espacios donde se acentúe mi ternura, y eso precisamente es lo que me ha permitido continuar.

A veces pueden pasar meses en los que me siento pleno, sin recordar nada. Pero en otras ocasiones, cuando abordo el recuento de los daños y dejo fluir los sentimientos, pienso erróneamente que una parte de mi alma seguirá rota hasta que él desaparezca.

En esos momentos, me esfuerzo por recordar que yo no soy ninguna víctima y que él es un completo desconocido, una persona enferma que nunca sanó. Alguien que probablemente también tuvo su propia muñeca vestida de azul y que nunca conoció el amor, ni en su infancia ni en su presente.

Una respuesta a “Muñeca”

  1. eres muy valiente! Y con ayuda y amor todo pasa de verdad ❤️ nada es para siempre ni el dolor, ni sufrimiento.

    Le gusta a 1 persona

Deja un comentario