A menudo confundimos estar solos con la soledad. Nos han hecho creer que estar solos significa estar incompletos, como si la única forma de llenar ese vacío fuera la compañía constante de los demás.
Sin embargo, estar solo y abrazar la soledad son dos cosas muy diferentes. Es cierto que estar solo puede generar un espacio lleno de dudas y preguntas que buscan respuestas, y en muchas ocasiones intentamos llenar ese vacío con encuentros sociales, fiestas o incluso vínculos más sustanciosos como una relación “amorosa” o sexual.
Pero llega un punto en el que nos damos cuenta que esas interacciones no aportan casi nada nuevo y que aunque nos esforcemos porque así sea, nunca contribuirán realmente a nuestras vidas. La soledad, en cambio, es mucho más profunda. Es un espacio para cuestionarnos, para crecer, para cambiar el rumbo y, en ocasiones, para sanar.
La soledad importa porque es el momento en el que el ruido del mundo se desvanece y solo queda nuestra voz interior. En ese silencio podemos reflejarnos y ver quiénes somos cuando no hay otras personas que nos distraigan. Y es ahí donde empieza el verdadero autodescubrimiento.
Dicen que las personas solitarias se conocen mejor a sí mismas porque, aunque muestran su verdadero ser solo a quienes han ganado su confianza, siempre están escuchando esa voz interna que les hace sentir hasta el más sutil cambio en el exterior. Por ello, utilizan todas esas experiencias para moldear sus relaciones o para dejar de hacer aquello que aporta poco a su paz interna. Es por eso que, cuando está bien dirigida, la soledad se convierte en un maestro que nos guía hacia el verdadero autoconocimiento.
Lo más fascinante es que la soledad no depende de la ausencia de gente. Podemos sentirnos acompañados mientras estamos físicamente solos, o podemos experimentar la más completa soledad pese a estar rodeados de muchas personas gritando y saltando en un festival de música.
Es por eso que, estar solo y abrazar la soledad no es lo mismo. Estar solo muchas veces implica un vacío que queremos llenar con expectativas, falsas amistades, parejas, sexo casual, experiencias o situaciones que nos hagan sentir vivos. La soledad, en cambio, es ese espacio donde encontramos conexión con lo sublime: los momentos de absoluta calma con la naturaleza, escuchar tu playlist favorita, compartir tiempo con tus verdaderos amigos, contemplar las luces de la ciudad al anochecer o disfrutar de un atardecer. Y todavía de una manera mas intima: acariciar detenidamente la piel de una persona con la que ya has formado un vínculo más allá de lo mundano.
Por ello, la soledad no significa estar aislado; es, de hecho, una forma de conectar más profundamente con nuestro propio ser y con lo que nos rodea. De alguna manera, se va convirtiendo en un mecanismo que nos ayuda a procesar todo aquello que nos eriza la piel y nos va uniendo con otra dimensión.
No obstante, aunque la soledad es algo para disfrutar, también nos hace ser selectivos con las personas con las que interactuamos. Nuestro autocuidado aprende a establecer límites hasta volverse experto en percibir las vibras de los demás y saber cuáles se encuentran en nuestra frecuencia y cuáles no. Y, sobre todo, a prestar atención cuando algo no parece marchar en la misma sintonía.
De esa manera, llega un punto en el que nuestra mente casi como en una película, hace que se desplieguen todos los escenarios posibles que ocurrirían si decidiéramos tal o cual cosa. Y, casi de manera mágica, también aparece el final NO feliz de esa historia. Y aunque la vida es un constante aprendizaje donde asimilamos también nuestra vulnerabilidad, a veces preferimos boicotear lo que puede ser una gran historia, que volver a sentir dolor.
Sin embargo, una de las mayores ventajas de la soledad es que nos permite encontrar placer en cada momento de la vida, incluso en la tristeza o en ese dolor que deseábamos no volver a sentir; porque de alguna manera aprendemos que la felicidad y la tristeza no son estados permanentes, sino son una construcción diaria que solo pueden ser valoradas al conocer todos los sentimientos positivos y negativos que nos forman como seres humanos.
La soledad, de alguna manera, también nos enseña a encontrar la belleza en los momentos de silencio, en los espacios vacíos y en la ausencia de total compañía. Por ello, la sensación más desgarradora de soledad no es la que experimentamos estando solos, sino la que se siente al estar en «compañía» y aun así, sentirnos totalmente solos.
Así que, cuando hablamos de soledad, no hablamos de aislamiento. Hablamos de un espacio sagrado donde encontramos paz y cuestionamos nuestras decisiones, donde también aprendemos quién puede brindarnos un acompañamiento amoroso y empático que nos haga ser mejores personas y quien debe de pasar de largo.
Sentirnos solos, nos proveerá de muchas ideas, casi todas erróneas, que no le hacemos falta a nadie y que el mundo seguiría igual si desapareciéramos. Que hagamos lo que hagamos, al final del día terminaremos solos y sin poder compartir los sentimientos que llevamos dentro. Que no importa cuánto hagamos, nadie nunca conocerá nuestro valor y que terminaremos devorados solos en nuestra recámara por aquellos gatos ajenos que ni siquiera alimentamos.
La soledad, por otro lado, siempre nos ofrecerá el espacio para respirar y el espejo donde vernos tal como somos, con nuestras virtudes y defectos. Nos enseñará, sobre todo, que nuestra historia no terminará hasta que deba hacerlo y que nunca dependerá de la presencia o ausencia de alguien más.
Porque al final del día, la soledad solo merece ser reemplazada por alguien que nos brinde una verdadera compañía, porque a veces quedarte “solo” no es lo más triste que puede pasarte, sino quedarte con alguien que te haga sentir de esa manera.

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