Amor

Hay momentos en la vida en los que sientes que el mundo, con toda su carga, finalmente te deja descansar. Tras años de batallas internas, relaciones tóxicas y un cansancio emocional que se ha apoderó de cada fibra de tu ser, por fin te encuentras, por primera vez en mucho tiempo, en paz.

Era una tarde tranquila recostado en la playa, el sol acariciaba mi piel mientras el ruido del mundo se disipaba, dejando solo un silencio reconfortante. Fue en ese momento cuando comencé a recordar lo que era sentirse libre, lo que era respirar de nuevo y estar en armonía conmigo tras haber atravesado lo que parecía ser una serie interminable de oscuridad. Durante años me arrastré por relaciones que solo desgastaron mi alma hasta hacerla pequeña. El amor, que en esencia debería haber sido un refugio, se transformó en una jaula de angustia, una prisión donde mostrar mis necesidades afectivas solo era un indicativo para saber exactamente dónde iban a apuntarme el tiro de gracia…

“El amor después del amor tal vez se parezca a este rayo de sol”, recitaba Fito Páez en su canción. Y claro, tras años de transitar por ese círculo vicioso de descargas de endorfinas, adrenalina y cortisol que me proporcionaba esa relación que casi me destruye la vida, por fin volví a sentir ese rayo de sol acariciando mi piel, y por primera vez sentí lo que era elegirme.

Y de pronto, casi como si el destino me ofreciera una tregua, apareció alguien más. Alguien que, sin pretenderlo, trajo literalmente flores a mi vida, y con ellas una calma que creía perdida para siempre. 

Fue en ese momento cuando comprendí que, a pesar del daño que me causé con todas mis expectativas, seguía siendo capaz de recibir amor. Todas esas primeras citas, los abrazos, los detalles y el romance me hicieron pensar que, aunque no lo merecía, sabía que mi corazón seguía latiendo y podía ser capaz de escribir otro capítulo.

Era como si el universo me dijera que aún había motivos por los cuales valía la pena continuar, mil razones para dar vuelta a la página y recordar que sí soy digno de compartir la vida con buenas personas sin que mis sentimientos sean anulados. Que puedo redescubrirme y abrazar con empatía a esa persona que soy y que también, puedo elegir volver a creer.

Sin embargo, los fantasmas del pasado seguían susurrando en mi oído. Miedos, inseguridades, traumas no resueltos y heridas aún abiertas comenzaron a filtrarse. Y me di cuenta de que, por más que lo intentara, el dolor siempre encontraría la manera de resurgir. El otro, también cargado con sus propias lealtades generacionales, nunca pudo comprender todo el peso que llevaba sobre mis hombros. Y yo, con el miedo de volver a repetir la historia, lo lastimé de maneras indescriptibles. Ambos queríamos sanar, pero nunca logramos hacerlo juntos.

Y es que, después de varios años de permanecer en una relación en la que cada muestra de afecto resultaba molesta para la otra persona, esta vez la vida me colocaba, irónicamente, en la posición contraria: todo el cariño y estima que podía dar nunca le parecían suficientes, siempre faltaba algo, nunca alcanzaba. Y yo, que siempre tuve el complejo de salvador, me resultaba frustrante no poder hacer nada para hacerlo sentir a salvo conmigo, y que, por el contrario, se sintiera en un campo minado donde tenía que sobrevivir a todos esos demonios internos que me dejó el pasado. De esta manera, lo que comenzó como una promesa de redención se transformó en un círculo vicioso de dolor, desconfianza e insuficiencia.

Un día, aún sin decirnos las palabras del adiós, y pensando que nunca me iba a dar cuenta, buscó en otra persona lo que creyó que yo no podía darle. Pensó que escuchar y leer cientos de veces un “te quiero” de alguien que ni siquiera conocía su vulnerabilidad como la conocía yo, valía mucho más que todos los actos que hice por él a través de mi lenguaje de amor. Uno, por cierto, lleno de inseguridades, desconfianza y miedo de volver a sentirse insuficiente, pero también uno lleno de mucho afecto, servicio y generosidad.

Y aunque esa persona estaba lejos de ser el narcisista de los libros —porque yo ya había tenido la desgracia de conocer a uno—, nunca calculó el daño que causó sobre las heridas que ya estaban allí y que me habían lastimado tan profundamente.

Por eso, un día decidí irme, porque, ¿Cómo puedes preguntarle a una persona que amas con todo tu corazón, qué otra cosa debes hacer para que tu amor le parezca suficiente? ¿Qué más hay por demostrar a quien le abriste tu corazón por completo mostrándole todas sus debilidades? ¿Cómo puedes pedirle que no te deje ir, cuando ya se despidió de ti mucho antes de decirte adiós?

Mi corazón se rompió nuevamente. Esta vez el dolor fue diferente. La sensación era familiar, pero esta vez era como si sangrara la misma vieja herida. Sin embargo, ahora dolía más porque por primera vez, abrí mi alma de esa forma, le expliqué muchas veces lo difícil que fue sanar, le hablé de mi pasado, de mis miedos y cicatrices, de cómo la vida me hizo llegar hasta donde estaba Él, casi muerto; y aun con todo, pareció no importarle. Era como si le hubiera dado en las manos el instructivo para terminar el trabajo sucio que alguien comenzó años atrás.

Nadie te prepara para aquel momento cuando te rompen el corazón por primera vez, pero tampoco nadie te dice que cuando se rompe la segunda vez será peor. Algo morirá dentro de ti y nunca podrás volver a ser el mismo, porque no todas las cosas que se rompen siempre hacen ruido; hay algunas que se derrumban por completo en el más absoluto de los silencios, pero la vida te obliga a continuar y a decidir quedarte. Para bien o para mal.

Y aunque los primeros meses sientes que tu mundo se desmorona a pedazos, poco a poco llega la gratitud. De pronto te encuentras a ti tratando de reconstruirte, buscando la manera de sanar. Comienzas a agradecer con el corazón que todos esos mecanismos de autocuidado te salvaron una vez más. Pero esta vez de una manera diferente: finalmente comprendiste que lo que dabas no era poco e insuficiente, y que tampoco era que pidieras demasiado, más bien se lo estabas pidiendo a una persona cuyo lenguaje de amor era distinto al tuyo.

Afortunadamente, esta vez estaba consciente de que no estaba solo, que además de tener esa red de apoyo que siempre estuvo ahí para mí desde la primera vez, también me tenía a mí. Así que, en la ausencia de valentía para poder seguir, aprendí a agradecer desde el corazón y a darme la oportunidad de poder entregarme todo ese amor que había regalado a otros, pero esta vez para mí.

Elegí amarme, darme tiempo, ser honesto conmigo. Dejé de culparme por todas aquellas cosas que nunca estuvieron bajo mi control. Comencé a vivir con libertad, con la libertad de las personas que ya no quieren mentirse a sí mismas. 

Y finalmente, reconocí que, en ese intento por amar y ser amado, también lastimé a una persona maravillosa que no merecía luchar con fantasmas de un pasado que ni siquiera era suyo.

En ese proceso también comprendí que después de todo, el afecto más significativo que puedes expresar, es el que te das a ti mismo. Que el amor después del amor, ese mismo que se siente como el rayo de sol después de la tormenta, siempre se trató de ti.

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