A veces tenemos tanta prisa por «sanar» que no nos detenemos a escuchar lo que el dolor nos está tratando de decir. Nos hemos acostumbrado tanto a evitar el sufrimiento que, en cuanto sentimos la mínima incomodidad, buscamos cómo silenciarla. Preferimos mantener esa falsa armonía que nos hace sentir que funcionamos medianamente bien, cuando en realidad no lo estamos haciendo del todo.
Desde muy pequeños, cuando llorábamos, nuestra madre procuraba alimentarnos, asearnos, hacernos reír o mecernos en sus brazos hasta calmarnos. Lo que realmente intentaba era evitar que ese diminuto humano mostrara su vulnerabilidad con la única forma que conocía de comunicarse hasta ese momento: el llanto.
Lo que nunca nos enseñaron es que, al llorar, el cuerpo no solo se oxigena para relajarse, sino que el dolor activa diversas áreas del cerebro relacionadas con la memoria, el aprendizaje y las emociones. Estas áreas interpretan y procesan lo que nos hace llorar. Tampoco nos contaron que, al llorar, el cerebro libera sustancias como las orexinas y endorfinas, que nos generan una sensación de bienestar y calma. Quizá si hubiéramos sabido esto, no habríamos pasado tantos años reprimiendo nuestras emociones, especialmente a través de las lágrimas.
Con las experiencias aprendemos que mostrar nuestras emociones se convertirá en algo políticamente incorrecto y que el arte de ocultarlas nos colocará en una competencia para ver quién es el que logra ser más invulnerable, insensible y desapegado para poder encajar en un mundo que, antes de nosotros, ya estaba roto. Se nos enseña a ser fuertes y valientes pero nunca a abrazar nuestras debilidades. Y ojalá fuera tan simple como presionar un botón y dejar de sentir, hacernos impávidos, pero la realidad es que lo único que haremos será anular todos esos mecanismos naturales de defensa y consuelo ante las adversidades.
Cuando entendemos todo esto, descubrimos que seguir esos patrones no garantiza una comunicación asertiva ni nos protege del dolor en todas nuestras relaciones. Ni siquiera puede garantizar que «dejar de sentir» nos hará menos débiles; por el contrario, a veces no mostrar esa vulnerabilidad invita a que otros toquen nuestras fibras más sensibles, incluso sabiendo que pueden herirnos. Y entonces, ya no poseemos las herramientas necesarias para hacerles frente, porque un día preferimos mentirnos diciéndonos que nada nos podría lastimar.
Si lo analizamos bien, el adulto que evitaba que lloráramos no era cualquier persona; solía ser alguien cercano, generalmente nuestra madre. Y aunque ella también cargaba con sus propios dolores, de forma casi instintiva trataba de calmarnos, buscando evitar que repitiéramos su sufrimiento.
Con los años, te das cuenta de que, tristemente, esa persona que te cuidó y procuró tu bienestar, a veces fue la misma que provocó tus lágrimas. La mayor parte de las veces sin saberlo, pero otras, las mas dolorosas, cuando sabía exactamente cómo y dónde herirte, y aun así lo hizo. Prefirió lastimarte antes que comprender que tu forma de ver el mundo era distinta y que tus reacciones no se ajustaban a las expectativas heredadas de generaciones pasadas. Pero si te hace sentir mejor, esa maravillosa persona también es humana e imperfecta, como tú y como yo.
Y en medio de todo esto llega un punto en que alguien fuera de tu círculo rompe tu corazón por primera vez, ya sea por las altas expectativas que tenías o porque creaste una historia romántica que solo existía en tu cabeza. Pero al final era algo palpable, algo que podías sentir en cada fibra de tu ser.
Y aunque todo lo que viviste te había preparado para suprimir el dolor, porque era lo que habías aprendido: callar, aparentar que todo estaba bien y seguir adelante.
Tratar de explicarte que esa decepción no solo rompía tu corazón, sino también tu confianza, tu autoestima y la seguridad de volver a relacionarte con alguien, resultaría complicado. Pronto sabrías que tendrías que empezar de cero otra vez, como ya lo habías hecho antes y como tantas veces más lo harías en el futuro, pero cada vez con heridas más profundas.
Nuestra vida, tal como es, no siempre ha sido compasiva. A veces nos obliga a demostrar una fortaleza que ni siquiera sabíamos que teníamos. En otras ocasiones, nos desafía a romper los patrones heredados y comprender que expresar las emociones no es debilidad, sino un acto de valentía. Mostrar nuestros sentimientos, tanto a los demás como a nosotros mismos, nos fortalece, aunque a veces parezca que no.
Y es entonces cuando ese esfuerzo de tu madre por intentar calmar tu llanto cuando eras muy pequeño finalmente cobra sentido…
Y sí, a veces quisiéramos que alguien nos dijera que todo va a estar bien. Que tenemos salud, bienestar, personas que te aman, un círculo de apoyo y un futuro prometedor, que nuestras emociones se estabilizarán y el dolor desaparecerá. Pero a veces no habrá nadie y es entonces es cuando tienes que abrazarte fuerte y cuidar de ti.
Porque en ocasiones, a pesar de tenerlo «todo», nuestras emociones no serán fáciles de procesar y nos sentiremos inevitablemente insatisfechos. A veces nos resistiremos a sanar porque el dolor es lo único que nos conecta con eso que ya no está, con todo eso que de antemano sabemos que no aportaba tanto a nuestra experiencia vital, pero que nos hizo sentir plenos en algún momento.
Sin embargo, también es necesario soltar, dejar ir, correr el riesgo y hacer fluir nuestras emociones, ni siquiera por la imposición de sanar nuestro linaje y rendir tributo a nuestros ancestros que no pudieron hacerlo. A veces, simplemente aceptando la vida tal como es, ya sea a través de lágrimas, de risas o de solo transitar el proceso, porque de pronto el día menos pensado sentirás que soltaste un gran peso, te sentirás un poco más libre y te tendrás de vuelta a ti.

Deja un comentario