De pequeño, siempre tuve un miedo inexplicable a la oscuridad. Por alguna razón, pensaba que en toda esa espesa penumbra existían monstruos que no podía ver, pero que estaban ahí, expectantes, para que al primer descuido me hicieran daño. Así que siempre traté de huir de situaciones en las que me sintiera vulnerable y con poco control, porque ya era suficiente con sobrellevar a los rufianes pervertidos que tenía por parientes y a los compañeros de escuela, esos incansables abusones que nunca me dieron tregua, incluso cuando me dejaron tirado y golpeado en la calle siendo todavía un niño. Y, por supuesto, los mejores (si de monstruos hablamos); aquellos que se suponía no debían tener malicia, esos que nunca te dan un golpe en la cara pero que resultan ser los más crueles con la palabra: los congregantes de la iglesia cristiana a la que fui por muchos años, hasta entrada la mayoría de edad.
Con los años, entendí que ese miedo a la oscuridad y a lo desconocido solo era un reflejo de mi realidad; que si no podía confiar en lo que podía percibir con la vista, mucho menos podía confiar en lo que no podía ver y que suponía estaba ahí para lastimarme. Muchos años más tarde, fui haciéndome consciente que mis mayores adversarios en la vida eran esos pensamientos lúgubres y negativos que habitaban en mi interior; pero ahora, de una manera más consciente, comprendo que nunca fueron demonios que provenían del infierno, sino de mis propias historias, mi infancia interrumpida, mis traumas y mis recuerdos.
Tiempo más tarde, empecé a darme cuenta que durante todos esos años, mi única compañía eran precisamente esos demonios; esos que estaban siempre ahí, esos que se hacían presentes a través de una canción triste, de un libro o de una película oscura que retratara una realidad que no era la mía, pero que, al colocarla en la balanza, hacía que la mía ya no luciera tan tétrica ni desesperanzadora. Otras veces, aparecían a través de un pensamiento intrusivo, deseando con todo mi corazón ya no ser quien era, y otras, las más oscuras, de desear ya no estar vivo.
Ya en la vida adulta, y después de buscar ayuda por todos los medios para dejar de seguir sintiéndome la víctima estúpida a la que parecía que el universo conspiraba para que todo le saliera mal, comencé a ver algunos destellos de mi propia luz. Empecé a darme cuenta de que en el camino siempre encontré personas que estuvieron para mí, pero que, al estar ensimismado en ese vacío existencial con tintes casi egocéntricos, dejé de tener contacto con ellas. Porque si bien yo creía que esos demonios eran mi única compañía, también eran egoístas; querían que yo siguiera atrapado en ese círculo de engaño, autocompasión y revictimización. Por ello, siempre me dictaban de manera repetitiva que no debía confiar en nadie, porque tarde o temprano las personas traicionan. Y sí, casi les doy la razón; porque casi la tenían.
Después de creer ingenuamente que había dejado atrás todos esos sentimientos de minusvalía emocional y de tratar de silenciar a toda costa a esos demonios, conocí a una persona que aparentaba ser todo menos roto; una persona que creí que había revolucionado mi mundo porque me mostró que yo era una persona valiosa, que merecía más de lo que había tenido hasta ese momento, y que no importaban las elecciones que había tomado; podía cambiar el rumbo, podía obtener todo el amor y la empatía que había buscado en los demás. Obviamente, menos de él.
Así que, como ya creía tener las herramientas suficientes para poder interactuar de una manera más profunda, y con la premisa que lo que importaba era lo que sentía en lo más profundo de mi ser, hice todo para mostrar mis sentimientos a flor de piel, sin pasar por alto ninguno; porque estúpidamente creía que si mostraba toda mi vulnerabilidad pero también mis apegos más recónditos, la otra persona podría aceptarme y enamorarse de aquel que siempre fui. Sin embargo, nunca imaginé que justo ese era el material preciso para poder ser descifrado y estudiado para comenzar a ser el objeto de juego y descarte.
Así que sí, una vez amé a un monstruo, pero ese monstruo nunca me persiguió; fui yo quien fue tras de él sin saber lo que en verdad era. Para mis ojos era hermoso, se veía como un ángel, un amigo incondicional, leal, amable, un excelente compañero y encantador; increíble con el resto de las personas, pero muy pocas veces conmigo. Lo amaba incondicionalmente y mientras yo lo acariciaba, él me despellejaba la vida.
Y sí, después de todo ese miedo que tenía de pequeño a la oscuridad, me enamoré de un monstruo, de esos que vivían ahí casi como si hubiera esperado toda la vida por mí, de esos que con un beso te arrancan el alma, te roban el aliento, y sin que te hayas dado cuenta, ya te arrebataron tu brillo y las ganas de vivir.
Y sí, era uno de esos monstruos que te dejan roto, hecho añicos, vacío, sin ilusiones ni sueños, esos que se llevan todo, esos que te dejan en el silencio del olvido, prisionero de la soledad y ahogado en su recuerdo.
Sí, amé a un monstruo, un ser infame, cruel, manipulador y despiadado, al que solo le importaba su persona. De esos que te infectan la sangre y te convierten en un monstruo igual o peor que él. Uno de esos monstruos incautos que piensan que nunca serán descubiertos, pero que nunca consideraron que desde muy pequeño, habías vivido en la más profunda oscuridad, conviviendo con otros demonios (incluso más desalmados) como si fueran parte de ti.
Así que, después de algunos años; por fin pude verlo como realmente era, sin disfraz, sin caretas y sin vendas en los ojos. Por fin pude comprender que no era un monstruo; pero tampoco era un ángel, solo era una triste persona infeliz, llena de carencias, sin valores, sin sueños ni aspiraciones. Una persona llena de odio en su interior, sin una sola pizca de amor para dar; alguien que en su triste pasado no supieron amar, y que desquitó ese odio con las personas que realmente lo amaron, volcando sus inseguridades y frustraciones. Alguien que sin darse cuenta se convirtió en un triste, patético y ridículo payaso queriendo jugar a ser monstruo.
Y sí, yo amé a ese payaso.
Y sí, con el tiempo me quise convencer que por ningún motivo podía ser una víctima, porque cada una de mis elecciones me llevaron a estar a su lado, porque así quise…
Y sí, también decidí que ya había sufrido lo suficiente por tantos años como para seguir revictimizándome.
Y sí, siempre pensé que cuando las personas hablaban de abuso narcisista necesariamente tendría que haber una contraparte: ser una víctima.
Y sí, tomé la decisión de no ser esa víctima, me negué a volver a ser ese niño tirado en la calle después de los golpes que me propinó alguien que estaba más roto que yo.
Sí, una vez amé a ese payaso que pretendía ser monstruo; lo amé como nadie lo amó antes, lo amé con todo lo que tuve y más.
Pero un día decidí irme, lo vi por última vez a través del retrovisor y nunca volví la mirada. Dejé todo atrás.
Fue a partir de ese momento en el que decidí romper el círculo, que comencé a darme todo ese amor a mí.

Deja un comentario