Nuestra historia es como la materia: no importa si fue triste, dolorosa, feliz o si nos hizo pedazos en el camino. Por más que lo intentemos, nunca podremos cambiar lo que fue, porque la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma y evoluciona en un desastre o en la creación de algo nuevo, dependiendo de lo que elijamos, al igual que en nuestra historia.
Lamentablemente, toda esa información no la tenemos cuando somos pequeños. De alguna manera, solo queremos ser aceptados: primero, por nuestros padres, sacando buenas notas o tratando de cumplir los sueños que a ellos les fue imposible lograr; algo tan simple como aprender a andar en bicicleta, aprender a nadar o ser bueno jugando al fútbol. Más adelante, buscamos la aceptación de los niños que conocíamos en la escuela, lo cual, para alguien con tan poca autoestima y nula capacidad para socializar, resultó casi imposible; de no ser por una o dos personas que también lo estaban pasando mal y que, sin saber de qué trataba la aceptación o las decisiones, te eligieron para transitar ese periodo tan corto que era la vida escolar.
Y, por último, llega el momento de tener una interacción romántica o amorosa con otra persona, lo cual para la mayoría de las personas no resultó tan difícil, porque era el “deber ser”… Porque era algo que debía pasar apenas llegabas a la adolescencia, pues así lo dictan los cánones de la heterosexualidad: naces, creces, te enamoras, te rompes el corazón un par de veces (porque a estas alturas sabemos que nadie te lo rompe, lo rompemos nosotros al tener expectativas), te reproduces, te vuelves loco tratando de entender a otra persona que al final de los días te das cuenta que en realidad era una completa desconocida y, bueno, si todo sale bien, finalmente mueres.
Pero esa no es la historia de una persona con una preferencia sexual “diferente”. Muchas veces tus padres ni siquiera saben que no puedes subirte a la bicicleta porque temes hacer el ridículo y que digan que eres “rarito”; que no puedes nadar porque temes que al sentir que no puedes respirar salgas del agua gritando y digan que eres una niña; o que no te gusta jugar fútbol porque, para empezar, ni sabes, y solo tienes miedo de que, si haces algo mal, te digan que eres idiota o terminen golpeándote, como ya los acostumbraste a hacerlo. Pero lo que no saben es que te gusta más contemplar el arte, porque prefieres dibujar árboles, escribir cartitas a esas únicas dos personas que te aceptan tal cual eres; porque te gusta cantar las canciones pop que suenan en la radio o porque te apasiona ver una película y notar cada particularidad de una manera casi religiosa, porque algo inexplicable dentro de ti te hace saber que eres diferente a los demás y puedes percibir algo que ellos no: detalles.
Y de la interacción romántica (que vino muy a destiempo) ni siquiera se puede decir mucho, pero quien se sienta identificado sabe que bien se podría escribir un libro o una serie con varias temporadas, muchas desatinadas y con el drama suficiente para ponerte a llorar y suponer que estas cosas no te pasarían a ti porque eres inteligente, independiente, etéreo, efervescente, galáctico e interplanetario. Pero al final del día, sí te pasa, sí te jode y termina por romperte la madre. Demasiadas cosas estúpidas con gente igual de herida buscando también su lugar en este mundo con todas esas insuficiencias emocionales que le fueron arrebatadas en algún punto del camino.
Pero de pronto llega la vida adulta y, además de adquirir muchas responsabilidades que ni siquiera sabías que tenías que tomar, la vida comienza a complicarse. El razonamiento y la búsqueda de saber quién eres y cuál es tu propósito en la vida comienzan a hacer ruido en tu cabeza. Ya no solo es esperar ser elegido por alguien más, llega ese momento en el que la lucha por el reconocimiento propio se convierte en algo implacable o imposible de satisfacer a lo largo del tiempo y, por lo tanto, también a lo largo de las relaciones de pareja, amistades, sociales, familiares y laborales.
Llega ese punto en el que te preguntas: ¿Cómo es que la vida va ocurriendo y nunca me elige? ¿Acaso es que todos tenemos un destino y aunque hagamos cosas para cambiarlo siempre será igual? ¿Cómo es que, por más que trato de aprender de las malas experiencias y pienso que esta vez no me va a pasar; siempre algo ajeno, casi de manera sobrenatural tiene que elegir la historia por mí?
La respuesta quizá nunca la sabremos. Quizá estamos pagando un karma heredado o manteniendo una lealtad familiar que sobrepasa los límites de lo verosímil, y que solo estamos repitiendo un patrón de generación en generación, y que a partir de ese sujeto recibimos una historia singular que no es propia, pero que hemos incorporado a nuestra psique y de una manera inconsciente hemos determinado nuestra experiencia vital.
Sin embargo, creo que a pesar de las circunstancias y de todo el dolor, elegirnos es el acto más valiente y bondadoso que podemos regalarnos en cada una de nuestras relaciones. La honestidad nos la debemos a nosotros mismos, y no hay más. La mirada tiene que regresar un poco hacia nuestra persona para entonces ver al otro con mayor compasión e intimidad, sabiendo que todos llevamos una carga que a veces ni siquiera elegimos llevar. Solo han sido fragmentos de eventos traumáticos que se manifiestan en el lenguaje del dolor que todos llevamos adentro.
Por eso mismo, hoy, como casi todas las últimas noches de agosto, les digo a mis ancestros: gracias por mostrarme el camino, gracias por enseñarme lo que ya no debo repetir. Elijo romper el ciclo, suelto todo ese dolor que no es mío, este es un nuevo mundo para mí, y me hago responsable de aprender todo lo que pueda de él, pero no voy a cargar con las consecuencias de algo que yo no elegí.
Por fin aprendí que aceptar el pasado no es suficiente para cambiar las cosas, que debo dar nuevos pasos, debo hacer mi propia historia, pero también debo conocer y honrar la que me trajo aquí para no estar condenado a repetirla.

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